Un dibujo para la memoria
El día 30 de diciembre de 1983, después de pasar la noche jugando a las cartas con sus vecinos, Germán volvió a casa con ganas de dormir. La realidad, sin embargo, era muy distinta. Debido al intenso frío, una tubería se había roto y no había agua en la casa, así que tuvo que ayudar a su padre, Atilano, a repararla.
Hacia media mañana apareció un peregrino (algo poco habitual en esa época del año). Pidió un poco de agua, pero como no había, Germán le ofreció una cerveza. El peregrino la aceptó y la fue bebiendo a pequeños sorbos, haciendo una leve inclinación de cabeza después de cada uno. Cuando terminó, sacó la cartera e hizo ademán de pagar, pero Germán le dijo que no, que era un regalo. Se lo repitió en los tres idiomas que conocía —gallego, castellano y francés—. El hombre pareció entender, guardó la cartera y sacó una pequeña lámina. Con una destreza impresionante, realizó un dibujo de la casa de Arxemil, lo firmó y, con una profunda reverencia, se lo entregó a Germán, que quedó entre sorprendido y maravillado.
Aquel peregrino era el gran artista japonés Munehiro Ikeda.

